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En 1975, las iniciativas relacionadas con "las mujeres" causaban
irritación, escándalo, rechazo. Hoy el tema se ha vuelto políticamente
correcto. En estos días celebramos la aprobación de la Ley General de
Acceso para las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, aunque aún
estamos lejos del momento en que esta ley transforme la realidad.
Mientras esperamos, lanzamos una mirada (a veces burlona) a las
restricciones que siguen manteniendo a las mujeres "en su lugar", a
pesar del largo camino recorrido.
Una mirada a las imágenes de las mujeres en tiempos del franquismo.
Envidias domésticas, sin embargo exóticas
V. A.
En hablando de barbas y toda vez que mi memoria, negada a olvidar, las ha mantenido ahí para que yo no logre reponerme, aún cuando ignore con qué exacto afán esas remembranzas se conservan, dos son las que recuerdo —lo confieso sin el menor recato— con mayor envidia y sentimiento de desgracia: la de mi padre: completa bajo el bigote, tupida hasta lograr el encanto de lo acolchonado y platinada en su totalidad cuando ya rebasaba los sesenta; y la otra: perteneciente al rostro de un amante ya lejano que, afrodisíaca en su poblada oscuridad, siempre lució un perfecto corte de candado.
Dichas barbas les otorgaban a estos dos hombres, según Quevedo en su romance burlesco titulado Varios linajes de calvas, a la par de la tradición estética, la virilidad, fuerza, valor, honor y belleza que se ha conferido a ese entramado de pelos circundantes a la boca. Pero además, esa sabiduría implícita que se ha concedido a la barba desde siempre, que impulsó a letrados, médicos y ermitaños de otras épocas a usarla al más puro estilo de Marx o Engels; costumbre con la que pretendían inspirar su idea de sabiduría y ciencia —entendiendo que ésta consistía en “pelo y gestos”, como también censura Quevedo— y que de modo paralelo, en contrasentido, exponía a los rapados, calvos o lampiños como ignorantes; luego entonces no era de extrañar que, en aquella época, el barbero pudiera deshacer letrados, e incluso hombres.
Pero volviendo a esas dos moscas (sinónimo humorístico de barba, particularmente empleado por los italianos) y más allá de las apariencias, existían otros aspectos que también me parecían harto envidiables. Por principio la forma en la que el primero —entiéndase mi padre— solía acariciarla: partiendo de forma invariable desde el labio inferior hasta toparse con el desierto del cuello, la mano firme y confortada tras la sensación de esa alineación de vellos como si acariciara el lomo de un gato (con la ventaja incluso de sentir al mismo tiempo lo que el felino experimenta cada que es acariciado).
Y cuando terminaba de beber, esas copiosas gotas que quedaban atrapadas en la punta de sus bigotes, mismas que para qué secar con la servilleta, si un rápido movimiento del labio inferior podía llevarlas de inmediato a la boca en la comprobación y afirmación de que para él “siempre habría una cuentas gotas extra”.
Por su parte, el antiguo amante fue siempre más recatado para con su forma de acariciarla, y de educación un poco más medrosa, creo no haberlo visto nunca, luego de beber, lejos de la servilleta. Sin embargo y a diferencia de mi padre, éste también exhibía sus envidiables manías peludas: por un extremo de la boca, la punta de su lengua hacía repentinos escapes para tocar, apenas al roce, los vellos duros que crecían en la comisura de sus labios. Acto que, además, podía ser ejercitado en dos vertientes: como el sencillo pasatiempo de quien distraído y absorto dejaba pasar lo que marca el engranaje de los relojes, o como quien, en busca de concentración, lograba transformar ese roce de vellos en el mejor asidero para sus ideas.
Tras mirarlos en repetidas ocasiones yo solía lamentar el hecho de no haber tenido una barba, quizá de la misma forma en que se lamentan los calvos: esos que llevan el luto por la hebra caída usando los restos que les quedan en la sien para taparse la coronilla reluciente, los que incendian sus ahorros pagando malhadados implantes, los que se rapan el cráneo en un arrebato de resignación pro-activa o los que no se quitan la cachucha. Desde luego habrá quien diga que esta afirmación: la de envidiar el look Marx-Engels, no resulta del todo veraz y convincente, y que si yo hubiese padecido hipertricosis —exceso de vello en el rostro y en el cuerpo— y, repentinamente, me volvieran a dar una oportunidad para escoger, debería gritar: ¡lampiña!, ¡lampiña a todas luces!.
No obstante hoy puedo resolver que mi memoria hizo bien en guardar aquellas impresiones de doméstica envidia y sentimiento de desgracia, lo mismo que el recuerdo de aquellas barbas, de lo contrario quizá no me hubiese atrevido a escuchar el llamado recluta de las mujeres barbudas con las que alguna vez marché ni estaría usando esta barba como lo hago ni el diván o el confesionario habrían logrado curarme de esa fijación velluda que la memoria se ha negado, se niega a olvidar.
Family Values
A. G. M.
La primera vez que vi a la mujer barbuda fue durante una gran comida organizada para presentarme a la familia de mi futuro marido. Habíamos viajado desde Nueva York hasta San Francisco con el expreso propósito de celebrar con ellos, pues nos íbamos a casar en México y la mayoría no planeaba venir a la boda. Como una las anteriores parejas de Chris había sido cantante de ópera y vegetariana estricta y la otra practicaba la santería, estaba preparada para que me miraran con precaución, anticipando la rareza que sabían a punto de revelarse en mí. Yo me contentaba con responder a sus preguntas con mi moderado acento mexicano, un tanto insegura sobre la mejor manera de adaptarme a su idea de la perfecta bride to be.
De pronto la cara de mi futuro suegro se iluminó con alegría inconfundible: su hija mayor acababa de llegar, acompañada de su pareja. Me giré para saludar, engalanada con mi mejor sonrisa, y me encontré frente a frente con la barbona.
- Glad to meet you!- me lanzó, amabilísima. Yo le tendí la mano muy cordialmente y le ofrecí una silla junto a la mía, incapaz de apartar los ojos del cairelito rubio que se ensortijaba desde el extremo inferior de su cara hasta la base de su cuello y armonizaba con la corbata de seda y el chaleco bordado que testimoniaban sus andanzas por varios flea markets. Junto a mi cuñada, preciosa en su vestido malva, la barbuda tenía el aire de un dandy a punto de ofrecer una pipa de hachís, de un hippie versado en el arte de la paradoja. Antes de dos minutos ella y Chris se lanzaron a una conversación apasionada sobre las últimas manifestaciones altermundistas y pude contemplarla sin necesidad de fingir, totalmente cautivada por mi incapacidad para definirla. En la misma frase, en el curso del mismo ademán, la mujer barbuda saltaba de lo masculino a lo femenino con una gracia circense.
- Es una maravillosa repostera.- me confió mi suegra al día siguiente, después de deshacerse en elogios sobre su nuera, mientras desayunábamos en la mesa de la cocina.- Hace
galletas para la iglesia. Prueba ésta.
Me ofreció una maravilla que se desintegraba en la boca, dejando un rastro de nuez y especias de nombres desconocidos que se iban esfumando poco a poco, como una bailarina entre velos arremolinados.
Yo acababa de probarme mi vestido de novia. Como la idea de casarme de blanco nunca había estado entre mis prioridades, la inundación de bordados y encajes me producía un placer indeciso. Quizá me parecía más rara con ese atuendo que la mujer barbuda en el momento de calarse el sombrero. Me comí otra galleta para darme tiempo de identificar su secreto. Para romper el silencio, le pregunté a mi suegra si la barba era real. Genética, contestó.
Llevaba años tratando de solventar de algún modo la falta que constituye el núcleo de mi ser. Ahí estaba el vestido de novia, por ejemplo. Y si me ponía a enumerar habría podido entretener a mi futura familia con muchas anécdotas. Hubo una época en que me dio por una interpretación literal de la falta y tuve un perro salchicha. Coleccioné fotos de dirigibles y de obeliscos. Ejercí puestos de gran poder, ostenté una chequera, me compré una pistola. Aprendí a hablar con voz ronca, me tiré en paracaídas, grité más que nadie en los partidos de futbol. Pero entre más dominé las artes masculinas, más comprendí su inutilidad. De cualquier manera, como el dinosaurio y por más que alardeara de cavernícola, la falta seguía ahí. Jamás había logrado nada que se acercara ni de lejos a esa galleta. O a esa barba, for that matter.
De todas maneras, había madurado mucho, estaba a punto de asumir públicamente mi aceptación de la falta y de jurar la epístola de Melchor Ocampo. Tendría varios hijos, que son una manera muy aceptable de dejarse crecer la barba. Me pregunté si el parto psicoprofiláctico dolería menos que una depilación con cera.
En eso Chris entró a la cocina, nos besó a las dos y preguntó si ya estaba lista. Teníamos mucho que hacer, íbamos a comer con unos amigos en The Haight, San Francisco nos esperaba. Recorrimos librerías, restaurantes, tertulias, el barrio mexicano y el barrio chino.
Esa noche me preguntó cuál era mi mayor deseo, qué se me antojaba para coronar mis regalos de boda. Dudé un momento, pero mi inminente marido se rió.
- Ya lo adiviné y aquí te lo traigo- me dijo. De un paquetito elegantísimo, envuelta en papel de seda, saqué la suma de mis anhelos. A mi medida y del color de mi pelo, Chris acababa de regalarme mi primera barba.
Échenle un ojo a la recién aparecida revista "K", de cuyo Consejo Editorial forma parte nuestra amiga Vizania Amezcua: www.kafka.com.mx
Además, va la portada de mi novela
¡Mil gracias!
P.D. Mañana sábado 10 de marzo se presenta el Zócalo el lenguaje de las orquídeas con la presencia de la autora.
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